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La Inmaculada Joven en la Diócesis

publicado a la‎(s)‎ 26 oct. 2015 4:01 por Delegado de Juventud - Burgos
La Inmaculada Joven está estos días en la diócesis. El martes estará en Miranda, en la capilla de los Sagrados Corazones en un horario de 10 a 2 y de 3,30 a 6,30. El miércoles estará en la parroquia de Santo Domingo en Burgos y el jueves en la de S. Gil.  Anteriormente comenzaba su andadura en la parroquia de S. Cosme el miércoles pasado desde donde fue a la ermita de S. Amaro en el campus universitario donde estuvo el jueves hasta la hora de la oración misionera en el seminario.. El viernes estaba en S. Pablo y era visitada por todos los alumnos de Blanca de Castilla. El sábado estaba en el seminario con motivo del encuentro de voluntarios de Cáritas y del preseminario. Por la noche iba a S. Pedro de la Fuente donde se celebró una vigilia de oración y donde ha permanecido el fin de semana.
Sentido del cuadro:
En 1984, San Juan Pablo II entregaba a los jóvenes una gran cruz de madera destinada a 

recorrer el mundo como signo de la juventud católica, que se haría especialmente visible 

durante las diferentes Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ) junto con un icono de la Virgen 

María. Ahora, más de 30 años después, la juventud católica española, reunida hasta del 

domingo en Ávila en el Encuentro Europeo de Jóvenes (EEJ), también tiene su símbolo, que 

recibió el miércoles por sorpresa: una pintura de la Virgen titulada «Inmaculada para el joven 

2015» cuya autoría corresponde a la reconocida monja pintora Isabel Guerra, y que a partir de 

ahora recorrerá todo el país.

Una obra muy pegada a su tiempo, pues para realizarla Isabel Guerra cambió los pinceles y 

óleos por un teclado, un ratón y programas de creación digital. El resultado, una pintura digital 

de 1,95 metros de altura que representa a María Inmaculada actualizada con todos sus 

símbolos. Una pintura que sigue la obra más reciente de la autora, que pretende, que «los 

jóvenes vean en María Inmaculada un prototipo para la juventud, lo contrario del “todo vale” 

que les dice la sociedad».

Lo primero que llama la atención de la obra es su técnica digital, que, según reconoce la propia 

Guerra, «es una herramienta al servicio del arte, de las artes plásticas, del dibujo, como lo fue 

en su día el óleo o el carboncillo». «Es fascinante, tiene muchas posibilidades y me da la 

oportunidad de ser muy creativa», añade.

Así, la religiosa presenta a la Inmaculada como una mujer jovencísima, casi adolescente, 

según ella misma dice, «con una mirada de gran trascendencia, limpia y que nos eleva, nos 

invita a mirar nuestra vida con la esperanza de la fe». Y es que, apunta, «nuestra vida es 

mucho más de lo que vemos, pero también en todo lo que vemos está presente Dios”. Así 

describe su obra: «Vemos una joven asunta al cielo, con túnica blanca, con un fondo muy 

texturado, muy actual. La Virgen tiene una media luna a los pies, que es uno de los símbolos 

principales de María Inmaculada, pero también algo más característico si cabe que son las 12 

estrellas pero representadas de manera informal, atípicas, estilizadas...».

Como religiosa y artista, Guerra defiende que el arte acerca a Dios porque «descubre valores 

del espíritu, porque entramos en reflexión con el entorno, con nuestro yo; porque nos interpela 

y toca el espíritu, descubrimos que tenemos alma y este descubrimiento nos lleva a Dios». Y 

tiene pruebas de ello: «En una de mis exposiciones, un joven se acercó y me dijo “me gustan 

tus cuadros porque me hacen ser mejor cristiano”. Y es que los jóvenes no están tan lejos de la 

fe, ¡están hambrientos de la palabra de Dios! ¡Necesitan valores y a alguien que se los dé! 

Alguien que les aporte espiritualidad, trascendencia, silencio... Hay que ser valientes para 

ofrecérselo».

Aunque su pintura no es habitualmente religiosa, intenta dar un mensaje de luz, en línea con lo 

que vive en el monasterio del Císter, donde hay mucha luz. «Quiero transmitir la idea de que 

hay Alguien que habla en nuestro interior, que hay Algo más allá que no está lejos, está cerca 

en nuestro interior. Les propongo serenidad, silencio, oración. Y todo a través de lo cotidiano, 

de personas, ambientes cotidianos», añade.

Finalmente, añade que descubrió tanto su vocación religiosa como artística cuando tenía 12 

años. Coinciden en ella, pero son independientes: «Lo que está claro es que Dios da 

herramientas para la vocación y para el trabajo. Eso sí, dentro de la vida monástica es muy 

fácil pintar. De hecho, San Benito en su regla ¡ya pensó en mí! Pues tiene dedicado un capítulo 

a las artes. El monasterio es un caldo de cultivo para las artes por el silencio, la armonía y la 

serenidad. Y esto de siempre, porque la vida monacal ha sido un foco de cultura».

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